martes, 14 de febrero de 2017

La mediocratización sexual como condición necesaria para el desarrollo del capitalismo

"Yo sabía muy bien que los grandes amantes son siempre hombres ociosos. Yo follaba mejor cuando era vagabundo que cuando tenía que fichar todos los días." (Charles Bukowski, Factótum)

Hoy en día, para el ciudadano medio es bastante complicado identificar el terrible clima de miseria y frustración sexual en el que vivimos inmersos. Y es que, debido al avanzado estado de decadencia -casi de putrefacción- en el que se encuentra nuestra civilización, se han terminado por normalizar tantas aberraciones [1], que se hace imposible reconocer hasta lo más obvio.

En nuestros días, y a pesar de que se predique todo lo contrario, existe una enorme represión y frustración sexual. La razón de ello es muy sencilla: hoy (como ha ocurrido prácticamente siempre) el sexo se encuentra supeditado a otras cosas que no son el sexo.

Según dicen algunos, hoy el sexo se ha democratizado (o liberalizado) y ello permite que muchas más personas tengan muchas más posibilidades de desarrollar su sexualidad que en el pasado. ¿Es esto cierto? ¿Supone la democratización del sexo un aumento del grado de la salud sexual de una sociedad? En mi opinión, no; precisamente conduce a todo lo contrario.

La democracia (ya sea política o, como en este caso, sexual) no es más que un recurso utilizado históricamente por los plutócratas para homogeneizar a las masas, de tal forma que sean más fáciles de controlar [2]. La sexualidad, como tantas otras cosas en la naturaleza, no puede ser democrática; si la sexualidad se somete al juego democrático, automáticamente pierde su esencia y deja de ser sexualidad.

Sólo se podría hablar de una verdadera liberación sexual cuando los individuos aceptaran ser realistas y asumieran de forma natural su mayor o menor capacidad para desarrollar su sexualidad; cuando reconocieran sencillamente, sin sentimientos de orgullo o de rencor, sus auténticas potencialidades o limitaciones. Que tienen capacidad y posibilidades, pues adelante, sin problemas; que no, pues a otra cosa mariposa, no pasa nada. Más o menos como hacen los jóvenes o el resto de especies del mundo animal, para quienes follar o no follar no constituye, ni mucho menos, un drama existencial, pues unos y otros tienen muchas otras cosas interesantes de las que preocuparse.

El problema de nuestra sociedad es que, si esto ocurriera, descendería considerablemente la producción y el consumo. Nuestra sociedad necesita tener altamente motivados al mayor número posible de individuos durante el mayor tiempo de sus vidas; de ahí, la sobrevaloración cultural que se hace del sexo (por ejemplo, con la narrativa cultural que etiqueta a unos como "ganadores" y a otros como "perdedores" en función de su mayor o menor actividad sexual) y la democratización o liberalización del mismo (el espíritu burgués y el feminismo ha fomentado de tal modo la avaricia entre las mujeres y ha satanizado de tal forma la virilidad, que el poder adquisitivo de un hombre se ha convertido, prácticamente, en la única llave que da acceso al coño de forma regular). Al convertir el sexo en una especie de ideal social, y al facilitar a todos el acceso al mismo, se ha conseguido que haya siempre una mayoría de individuos permanentemente dispuestos a entregar sus vidas al trabajo, condicionados por el temor a quedarse sin follar durante más de una semana; dando así cuerda a la "maquinaria" como si de burros de noria se tratase, produciendo y consumiendo incansablemente hasta prácticamente el final de sus días.

En el fondo, esto no es más que una adulteración del sexo, pues, al final, lo que tenemos es a muchos hombres deseando tener relaciones con mujeres con el fin de conseguir estatus social (prestigio) y a muchas mujeres follando por dinero (seguridad); es decir, unos y otras dejan de ver el sexo como un fin en sí mismo, para, consciente o inconscientemente, supeditarlo a otra cosa bien distinta (gregarismo o confort). Esta supeditación de la sexualidad tiene un nombre, se llama represión sexual.

La democratización o liberalización de la sexualidad puede que permita el acceso al sexo a un mayor número de hombres, pero eso no significa que sea un sexo sano, pues, al manipularlo y no dejarlo fluir libremente, al pretender aplicar al sexo ese sueño liberal de la igualdad de oportunidades, lo que se consigue es una mediocratización general.

No somos iguales (aunque el sistema, con el fin de conseguir la mayor homogeneidad posible, se empeñe en hacernos creer lo contrario), y es una auténtico absurdo pensar que todo el mundo puede experimentar el mismo tipo de vida sexual o que ésta puede durar eternamente. Esto sólo despierta falsas esperanzas en la mayor parte de los individuos, lo cual acaba generando, inevitablemente, frustración sexual.

Puede parecer contradictorio que, a pesar de todo lo que hoy se predica en favor de la libertad sexual, pueda existir algún tipo represión sexual en nuestra sociedad; sin embargo, no lo es, pues esta prédica no es más que pura demagogia. Es como si, en medio de un desierto, tratáramos de convencer a un numeroso grupo de personas de que pueden beber agua hasta hartarse. No se puede hablar de liberación sexual en un sistema que, por su propia naturaleza, la reprime de raíz, al convertirla en un medio para alcanzar un fin, y no en un fin en sí mismo.

Al convertir la sexualidad en un medio, ésta, inevitablemente, pierde toda su esencia, pues el resultado conseguido es el de un gran número de individuos aspirando a mantener relaciones sexuales por otras razones bien distintas al sexo, algo que en circunstancias más naturales, y menos artificiales, no harían. Todo esto imposibilita un desarrollo libre y espontáneo de la sexualidad.

Ni aunque todos los hombres fueran de putas a diario, o todas las mujeres se convirtieran en prostitutas, no se podría hablar de liberación sexual mientras los individuos no dejaran de considerar al sexo como un medio para "puntuar" socialmente: ya fuera para adquirir prestigio en su comunidad (en el caso de los hombres) o para ganar dinero (en el caso de las mujeres).

Muchos dirán que la civilización no es algo natural, y que es preciso llevar a cabo este tipo de medidas con el fin de asegurar su supervivencia. No seamos hipócritas. El objetivo de engañar a las masas diciéndolas que hoy son libres sexualmente cuando no lo son, no es evitar que la civilización colapse, sino tratar de hacer pasar lo más desapercibido posible un mecanismo de manipulación social milenario, al que nos vemos sometidos prácticamente desde que nacemos, basado en la manipulación sistemática de nuestros instintos con el fin de convertirnos en dóciles esclavos de un puñado de lunáticos [3].

Se podría concluir diciendo que, llegar a entender que hoy es prácticamente imposible alcanzar un nivel medianamente óptimo de salud sexual, debido al elevado número de zombies reprimidos que te rodean, es, en cierto modo, una forma de liberación.

Una sociedad en la que todo está supeditado a la producción y al lucro económico, sólo puede engendrar individuos sexualmente frustrados, algo parecido a lo que ocurría bajo el cristianismo, donde todo estaba enfocado a la búsqueda del perdón de dios y a la salvación. Y es que, en el fondo, en ambos casos subyace el mismo resentimiento contra la vida y el mismo espíritu decadente. La diferencia entre uno y otro es que, mientras que para el cristianismo, el sacrificio y la renuncia a la vida eran medios para alcanzar un fin, el capitalismo ha convertido estos medios en fines en sí mismos. La humanidad ha alcanzado tal grado de enajenación, que ya no necesita un fin para justificar su propia autodestrucción. El transhumanismo tecnológico en el que hoy vivimos inmersos (nunca mejor dicho) no es más que el continuador de esa misma renuncia a la vida hecha por el cristiano y por el capitalista, un nuevo estadio de nuestra decadencia, un paso firme y decisivo de la humanidad hacia su extinción...

Notas:
[1] En nuestros días se ha llegado a elevar a la categoría de ideales colectivos lo que no son otra cosa que pulsiones puramente masoquistas. Esto se aprecia muy claramente al ver como el 99% de la población considera como un privilegio el ser elegido por un empresario para ser explotado durante el mayor período de tiempo posible durante los mejores años de la vida.
[2] Un ejemplo paradigmático es la Unión Soviética, donde, gracias a los ideales igualitaristas y democráticos, se consiguió que la población rusa pasara del medievo a la era atómica en menos de cuarenta años. Bajo el comunismo y el fascismo subyace el mismo propósito homogeneizador que bajo la democracia liberal; la razón de que esta última se haya terminado por imponer a los dos primeros se debe a su mayor nivel de eficacia; es decir, su capacidad para homogeneizar a las masas es aún más totalitaria que la del comunismo o el fascismo.
[3] Esta función, de la que antes se encargaban  exclusivamente los curas, hoy les está encomendada principalmente a los expertos en Relaciones Públicas o profesionales del marketing. Edward L Bernays, considerado como el padre de esta profesión y asesor de importantes empresarios y políticos (como los magnates Ford y Rockefeller o los presidentes de los Estados Unidos Eisenhower y Roosevelt), dice en su obra "Cristalizando la opinión pública": "Los elementos básicos de la naturaleza humana están fijados en lo relativo a deseos, instintos y tendencias innatas. Sin embargo, las direcciones hacia las que estos elementos básicos pueden orientarse con las influencias apropiadas son infinitas. La naturaleza humana es fácilmente modificable". Esta hábil manipulación de nuestro ego es lo que hace que el actual sistema de dominación sea tan poderoso: porque se trata de una Conspiración Abierta, es decir, realizada a plena luz del día y con un alto grado de complicidad por parte de los sometidos.

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