martes, 4 de agosto de 2015

El enfrentamiento de sexos: una estrategia para la represión sexual de los individuos

“La supresión sexual es un instrumento esencial en la producción de la esclavitud económica”  (Wilhelm Reich, La Función del Orgasmo, cap. VI, 2)

La represión sexual ha sido un mecanismo de control social utilizado por el poder desde los inicios de la civilización. Fundamentalmente, la religión y la idea del pecado han sido, hasta hace muy poco, las principales herramientas usadas para conseguirlo. Un grupo de hombres y mujeres reprimidos y frustrados sexualmente es mucho más fácil de dominar que otro grupo que no lo esté, debido al gran número de desequilibrios psíquicos e incluso fisiológicos que dicha represión produce. Además, una sociedad donde la libido estuviera encauzada correctamente a través del sexo estaría compuesta por individuos que dedicarían mucho menos esfuerzo y tiempo a la alienante y absurda productividad capitalista y, menos aún, a la brutal guerra. En definitiva, un gobierno que pretenda expandirse a través de la productividad compulsiva y de la guerra no puede permitir que sus súbditos gocen de una vida sexual plena y satisfactoria. Tanto Herbert Marcuse como Wilhelm Reich analizaron todo esto en varios de sus trabajos (1). Ambos coincidían en que todas las sociedades, hasta entonces (primera mitad del siglo XX), habían necesitado matar al Eros en los individuos para poder sobrevivir y desarrollarse.

Gracias a la crisis religiosa que tuvo lugar en el mundo a partir del desarrollo de la industria, y más recientemente con el boom de la tecnología de finales del siglo XX, la religión dejó de tener la fuerza suficiente para ejercer el papel que hasta entonces había venido ejerciendo en el terreno de la represión sexual (2). Había que evitar por todos los medios posibles que el hombre y la mujer pudieran relacionarse de un modo natural, pues, de lo contrario, se corría el riesgo de que los unos y las otras volvieran a entregarse a una sexualidad libre y gratificante. El alarmismo institucional en torno a las enfermedades de transmisión sexual (en el que se sustituía el miedo al infierno por el miedo a contraer una enfermedad venérea) fue uno de los medios utilizados (3), el feminismo victimista que culpabilizaba a los hombres de todos los males de las mujeres (y, en general, del resto de los males del planeta tierra), otro.

El recurso institucional de reprimir la sexualidad a través del miedo a las enfermedades de transmisión sexual, es algo que con el tiempo ha ido perdiendo fuerza, al destaparse, gracias a la labor de multitud de investigadores y activistas, el inmenso negocio farmacéutico que también se oculta detrás de ello (4). Posiblemente, el hecho de abanderar casi en solitario la causa de la represión sexual sea el motivo de que el feminismo haya ido adquiriendo, en los últimos tiempos, tanta virulencia en sus manifestaciones. Un ejemplo de dicha virulencia es la ley que presenta como presuntos culpables de un delito penal a casi la mitad de la sociedad simplemente por el hecho de ser hombres y por tener una tendencia sexual determinada (heterosexualidad).

Es innegable que existen hombres que maltratan a mujeres (como también ocurre a la inversa), pero también es innegable que hay muchas personas pertenecientes a las más diversas culturas, nacionalidades o etnias que cometen todo tipo de delitos, y no por eso se hacen leyes para prevenir los delitos cometidos por estas personas por razón de su cultura, nacionalidad o etnia. ¿Qué pensaríamos de un gobierno que crea leyes para prevenir los delitos que pudieran llegar a cometer personas pertenecientes a una determinada cultura, nacionalidad o etnia? ¿No definiríamos a ese gobierno como fascista? Pues bien, eso mismo es lo que hace la Ley Integral contra la Violencia de Género con casi la mitad de la población española, al presentar a todos los hombres (heterosexuales) como potenciales maltratadores de mujeres por el mero hecho de haber nacido hombres (y ser heterosexuales). Quizás, el hecho de que el extenso preámbulo de esta ley, en el que se sientan claramente las bases de la misma, haya sido escrito por la persona que fue nombrado por Franco como su sucesor, sirva para comprender mejor la clase de ideología en la que se inspiró. También debería dar que pensar (a aquellas pocas personas que aún dispongan de la capacidad para hacerlo) el hecho de que toda la estructura del Estado haya apoyado sin fisuras esta ley.

Los medios de comunicación de masas, más allá de su apoyo incondicional a la Ley Integral contra la Violencia de Género, han jugado un importante papel en la promoción y difusión del enfrentamiento entre sexos, desarrollando todo tipo de campañas absolutamente demagógicas (como en el caso de la ex tenista Gala León o la más reciente campaña sobre la prostitución), haciendo recaer sobre la condición masculina la culpa de todos los males sufridos por las mujeres a lo largo de la historia (¡como si éstas vivieran solas y los males que han sufrido no afectasen también directamente a los hombres que conviven con ellas!) en lugar de sobre el verdadero responsable: el encargado último de la organización social en la que viven inmersos dichas mujeres y hombres, es decir, el Estado.

Esta demonización del hombre heterosexual tiene un objetivo muy concreto: sembrar en las mujeres recelos y desconfianza hacia los hombres, y, en los hombres, miedo y culpabilidad en sus relaciones con las mujeres (la desaparición del piropo callejero estaría asociado a esto último), todo con el fin de mantener a ambos sexos prudentemente distanciados. Curiosamente, se trata de una estrategia con un gran parecido a otra usada ya en el pasado: la caza de brujas. En la época en la que se llevó a cabo la caza de brujas, la sexualidad era asociada a la brujería, lo que hacía que muchas mujeres y muchos hombres reprimiesen su sexualidad por miedo a ser acusadas de tratos con el demonio.

Pero no nos equivoquemos, todo esto no es culpa de una lucha mal entendida de las mujeres por vivir en una sociedad más justa, sino de una estrategia promovida por el patológico ansia de dominación de los gobernantes, a los cuales les interesa tenernos enfrentados, separados y, por lo tanto, reprimidos. Lo cierto es que no hay una gran diferencia entre los tiempos actuales y los del puritanismo victoriano, en los que también se trataba de separar física y psicológicamente a hombres y mujeres por todos los medios disponibles.

En los últimos años han cobrado fuerza diversos movimientos de marcados tintes misóginos. Estos colectivos señalan exclusivamente a la mujer como culpable de la situación que atraviesa el hombre heterosexual de hoy en día, obviando el psicopático contexto social de relaciones de poder en el que ambos sexos se desenvuelven. El objetivo de este movimiento es el mismo que el del feminismo: dar más cuerda a esta demencial guerra de sexos. Del mismo modo, las críticas cargadas de misoginia hacia el feminismo por parte de aquellos sectores reaccionarios que en el pasado ejercieron de perros guardianes de la moral sexual, sólo sirven para dar alas y fortalecer los argumentos misándricos de dicho feminismo.

La liberación sexual sólo puede existir cuando un hombre o una mujer se entregan confiada y plenamente el uno al otro. Hoy en día, este enfrentamiento de sexos, artificialmente inducido, ha originado tal clima de desconfianza y hostilidad entre hombres y mujeres, que esa entrega confiada y plena es prácticamente imposible. Por consiguiente, se puede decir, sin ningún género de dudas, que atravesamos un periodo de enorme represión sexual, por mucho que los medios de comunicación, la escuela y demás aparatos ideológicos estatales se empeñen en vendernos lo contrario, lo cual, a su vez, hace más difícil de identificar la represión sexual, haciendo que ésta sea mucho más efectiva.

Por otra parte, la sobreexcitación sexual a la que estamos expuestos casi de forma permanente en nuestra sociedad (a través de la televisión, internet, la publicidad...) tampoco es casual. El individuo sobrexcitado, al no encontrar cauces adecuados para liberar su tensión sexual, debido al clima reinante de hostilidad entre sexos, agudiza su frustración y se convierte en un ser más fácilmente manipulable. Se podría decir que esta sobreexcitación, y su posterior represión, tendrían como consecuencia una doble represión en los individuos. Incluso, podríamos hablar de hasta una triple represión, si tenemos en cuenta el tipo de personalidad media a la que ha dado origen el capitalismo y su principio rector de la búsqueda del máximo beneficio particular, es decir, una personalidad egocéntrica, narcisista y centrada en sí misma, incapacitado para la empatía y para comprender al otro, algo que hace imposible una verdadera disposición para amar.

El Estado, mientras siga existiendo, necesitará de la represión sexual de sus súbditos para conseguir policías, militares, técnicos y productores afanados, que concentren su energía libidinal casi exclusivamente en el fortalecimiento de las estructuras y superestructuras de aquél; esto es algo que debemos tener bien claro. Cuando las estrategias de represión sexual utilizadas en estos momentos sean identificadas por la mayor parte de los individuos y, por lo tanto, rechazadas (como lo fue la religión), serán puestas en práctica otras completamente diferentes con el fin de que pasen más fácilmente desapercibidas y puedan ser, por lo tanto, más útiles; por lo que habrá que estar atentos.

El argumento que habitualmente se usa para defender el feminismo y estigmatizar críticas como ésta suele ser el de recurrir a los casos extremos de mujeres asesinadas por sus parejas (o ex parejas) masculinas. Esta argumentación, además de ser irracional (por simplista y reduccionista), podría ser calificada sin ningún tipo de reparo como fascista. Volviendo a un razonamiento hecho anteriormente, ¿qué pensaríamos si, cada vez que una persona de una determinada etnia comete un crimen (y sólo cuando lo comete una persona de esta etnia), alguien se dedicara a organizar todo tipo de protestas y manifestaciones exigiendo leyes para prevenir los crímenes cometidos por las personas pertenecientes exclusivamente a dicha etnia? Ser hombre (y heterosexual) en nuestra sociedad está empezando a convertirse en una experiencia no muy diferente a la de ser judío en plena Alemania nazi. Obviar condicionantes como la competitividad extrema, la búsqueda compulsiva del interés particular (principios rectores de la actual sociedad capitalista), la militarización de la sociedad o, incluso, la propia responsabilidad de la parte que salió peor parada, y utilizar factores como el sexo o la etnia para explicar la conducta criminal de algunas personas, sólo puede ser calificado como fascismo.

La crítica al feminismo es una tarea enormemente compleja y arriesgada en nuestros días, al enfrentarnos a una ideología cuyos postulados, basados en una demagógica estrategia victimista, han alcanzado casi la categoría de dogmas incuestionables y son defendidos por sus más fieles devotos con una actitud no muy diferente a la de la Inquisición frente a los herejes. Quedaría por reflexionar sobre algunas cosas más en torno al feminismo, como lo peligroso que puede resultar para la psique individual y colectiva promover una mentalidad victimista entre una mitad de la población  y otra culpabilizante entre la otra mitad; sobre la deserotización absoluta de las relaciones sexuales provocada por la negación sistemática de las diferencias entre el hombre y la mujer; o sobre la promoción mediática de un modelo de mujer que sitúa la consecución de un elevado estatus social muy por delante de la satisfacción plena de sus necesidades sexuales, al mismo tiempo que desprecia la actitud de aquellos hombres para quienes la satisfacción de dichas necesidades sí es más importante que el estatus social: una auténtica regresión al pensamiento puritano y mojigato más rancio (5).

Mientras vivamos inmersos en una sociedad de masas será muy difícil sobreponerse a este tipo de estrategias de control, pues, debido a las características de dicho tipo de sociedad, el instinto gregario se agudiza y, por lo tanto, la manipulación se torna mucho más sencilla (6). En cualquier caso, ser conscientes de que esto es así (la inevitabilidad de la manipulación de las masas) y no puede ser de otro modo en esta sociedad, es ya un paso muy importante para alcanzar un cierto grado de liberación a nivel individual.

Ser conscientes de las verdaderas causas que nos han conducido a la actual situación de miseria sexual que padece nuestra sociedad puede ser también de gran ayuda para paliar, en cierta medida, la desesperada situación emocional a la que muchos hombres y mujeres se encuentran abocados hoy en día sin saber exactamente por qué.

En una sociedad en la que el odio lo invade todo, es imposible amar, es imposible ser amado.

Notas:
(1) En este sentido destacaría Eros y Civilización de Herbert Marcuse y La Revolución Sexual de Wilhelm Reich. Quizás el error de ambos fue no preveer la capacidad del sistema para aprender de sus propios errores y de fagocitar (asimilar en su provecho) todo proyecto colectivo de liberación.
(2) Para conseguir un mayor desarrollo industrial se hacía necesario que el culto del hombre a la máquina se impusiese al anterior culto a Dios. De esta forma, conceptos coercitivos como el del diablo y el infierno empezaron a perder la fuerza que hasta entonces habían tenido.
(3) Hitler llegó a utilizar el miedo a la sífilis en su campaña contra los judíos, responsabilizando a éstos de la extensión de la enfermedad entre la población alemana.
(4) Recomiendo las investigaciones de Jesús García Blanca (Salud y Poder) y de Lluis Botines (Plural-21)
(5) Recomiendo la lectura de los textos de María del Prado Esteban, una de las personas que, en los últimos tiempos, mejor ha sabido interpretar la naturaleza reaccionara y represiva del feminismo.
(6) Para entender esto un poco mejor recomiendo la lectura de Psicología de las Masas de Gustave Le Bon.